Kisa Gotami era una mujer joven cuando su único hijo murió.

La intensidad del dolor fue tan absoluta que algo en su mente no pudo procesarlo.

Así que lo que hizo fue recorrer el pueblo con el cuerpo del niño en brazos, pidiendo a todo el mundo que le diera una medicina que lo resucitara. 

La gente obviamente miraba a Kisa con pena, algunos apartaban la mirada, nadie sabía qué decirle.

Hasta que alguien la dirigió hacia Buda.

Buda no le dijo que el niño había muerto, no le explicó la impermanencia de la vida, simplemente le hizo una petición. Buda le dijo: “Kisa, tráeme un puñado de semillas de mostaza de una casa donde nadie haya muerto nunca, con eso haré la medicina para poder resucitar a tu hijo”

Así que Kisa Gotami lo que hizo fue recorrer el pueblo entero, tocó cada puerta con la esperanza encendida, con la ilusión a flor de piel, con el brillo en los ojos.

Y en cada casa, la misma respuesta: Aquí murió mi madre, aquí perdimos a un hijo, aquí se fue nuestro abuelo, aquí murió mi primo, aquí hace tiempo murieron los anteriores inquilinos.

No había una sola puerta detrás de la cual no hubiera un duelo, o a través de la cual alguien en la historia de esa familia no hubiese muerto.

Al caer el sol, Kisa Gotami volvió con las manos vacías frente al Buda. Pero algo había cambiado, no porque el dolor desapareciera, sino porque había dejado de ser su dolor, uno exclusivo.

En cada historia que escuchó esa tarde, y las escuchó de verdad, con el cuerpo de su hijo todavía en brazos, algo en ella se abrió:

El duelo que la había aislado en una burbuja de sufrimiento privado, se convirtió en el puente que la conectaba con cada ser humano que alguna vez había perdido algo.

Regresó con Buda y le dijo: entendí, no hay medicina, hay algo diferente. 
Y ese día enterró a su hijo y comenzó el camino.

Lo que Buda le enseñó no fue a suprimir el dolor, ni a explicarlo, ni a superarlo con fuerza de voluntad: Le enseñó a reconocer la propia vulnerabilidad de uno, sin convertirla en el centro permanente de la identidad. Y este, es el acto más responsable que un ser humano puede hacer.

Kisa Gotami no se convirtió en víctima de su pérdida.

Se convirtió en alguien que la atravesó completamente, sin atajos, sin excusas, y salió del otro lado con una comprensión que después daría a otros durante el resto de su vida.

Años más tarde, fue una de las monjas más respetadas de su tiempo.

No porque no hubiera sufrido, o no porque no hubiera pasado momentos incómodos, sino porque había elegido con plena conciencia qué hacer con lo que el dolor o la herida le enseñó.

APRENDIZAJES

Uno de los aprendizajes fundamentales es que la participación plena en la vida, no significa que la misma no incomode o que no duela: Significa que cuando duele, no te encerras en el dolor, sino que lo habitas tan completamente que se convierte en comprensión.

Kisa Gotami no sanó porque encontró respuestas. 

Sanó porque tuvo la valentía de seguir caminando con la pregunta en brazos, literalmente, hasta que la pregunta se transformó sola.

Esa es la diferencia entre el duelo que paraliza y el duelo que libera.

No es la ausencia de sufrimiento, sino la presencia total dentro de aquello que duele.

 Lo que la historia de Kisa Gotami también revela es que la devoción/entrega/rendición no comienza en los momentos de claridad y de luz: Comienza exactamente en el momento en que menos quiere seguir.

Cuando Buda le pidió que buscara las semillas, no le estaba pidiendo un favor. Le estaba dando la única cosa que podía sacarla de sí misma: Un propósito que la obligara a salir al mundo y estar con otros.

La entrega total a ese proceso, aunque no entendiera a dónde la llevaba al principio, fue el acto de fe más profundo de su vida.

Y ese acto la convirtió en maestra.

Para mi, un buen ejemplo para hablar de vulnerabilidad sin confundirla con debilidad.


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