Junto con Jesús, Buda es una de las figuras espirituales más influyentes de la historia. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre ambos. Mientras que la tradición cristiana presenta a Jesús como alguien que nace plenamente unido a Dios (nace ya iluminado), la historia de Buda es la de un ser humano que, a través de su propia búsqueda, alcanza el despertar/la iluminación. Por eso su vida sigue inspirando a millones de personas: demuestra que la sabiduría no depende del lugar donde nacemos, sino del camino que decidimos recorrer.
Alrededor del año 563 a.C., en Lumbini —actual Nepal— nació Siddhartha Gautama, hijo del rey Suddhodana y de la reina Maya. Pocos días después de su nacimiento, un sabio realizó una profecía que marcaría su destino: aquel niño se convertiría en un gran rey o en un gran maestro espiritual.
Su padre, temiendo perder al heredero del reino, decidió impedir a toda costa que esa segunda posibilidad se hiciera realidad. Para ello construyó un mundo artificial donde el sufrimiento simplemente no existía.
Siddhartha creció rodeado de lujos. Vivía en tres palacios diferentes, uno para cada estación del año (uno para el invierno, otro para el verano y un tercero para la temporada de lluvias). Todos los palacios tenían las mujeres más hermosas, la comida más exquisita, música, danza, jardines y todo aquello que pudiera producir placer. No había ancianos, enfermos ni personas moribundas. Cuando algún sirviente envejecía era retirado del palacio y las flores marchitas eran reemplazadas antes del amanecer. El objetivo era que jamás conociera la vejez, la enfermedad o la muerte.
Durante 29 años vivió convencido de que esa era la realidad. Siddhartha creció en un paraíso artificial donde el sufrimiento había sido cuidadosamente borrado de la realidad.
Se casó con Yasodhara, tuvo un hijo y parecía tener todo aquello que cualquier ser humano podría desear. Imagínate, no había enfermedad, no conocía la vejez, no conocía la muerte, pero obviamente Siddhartha tenía un dharma completamente distinto, algo dentro de él seguía sintiendo que faltaba una respuesta.
Todo cambió el día que salió del palacio por primera vez. Hubo cuatro encuentros que marcaron su vida para siempre:
En esa primera salida encontró a un anciano. Sorprendido, preguntó a su cochero qué le ocurría a aquel hombre. La respuesta fue sencilla: «Está envejeciendo. Eso nos sucede a todos.»
Por primera vez comprendió que la juventud era temporal.
En una segunda salida vio a un hombre enfermo, retorciéndose de dolor. Entonces descubrió que la salud también era temporal.
En la tercera salida contempló un cadáver camino a la cremación. Ese día entendió que la vida misma era temporal.
Finalmente, en un cuarto encuentro, vio a un monje mendicante caminando con una serenidad que nunca había encontrado dentro del palacio. Aquel hombre no poseía riquezas ni poder, pero irradiaba una paz que nadie a su alrededor parecía tener.
Fue entonces cuando Siddhartha comprendió que debía existir otro camino.
Esa misma noche tomó una de las decisiones más trascendentes de su vida. Miró por última vez a su esposa y a su hijo dormidos. Sabía que si se quedaba una noche más en el palacio, el amor lo ataría para siempre a la ilusión de que el palacio podía protegerlo. Entonces abandonó el palacio. En la tradición budista ese momento se conoce como la Gran Renuncia.
Comenzó entonces una intensa búsqueda espiritual. Estudió con los maestros más reconocidos de su tiempo y lo que estos maestros le enseñaron era, por ejemplo, los estados más elevados de la meditación, le hablaron acerca de la calma, le hablaron acerca de cómo estar presente, le hablaron acerca de cómo soltar eso que le incomodaba, etcétera. Y Siddhartha dominó rápidamente todo aquello que le enseñaron. Pero se dio cuenta de algo: aunque aquellas prácticas calmaban la mente, sentía que todavía no respondían a la gran pregunta que lo impulsaba: ¿cómo liberarse verdaderamente del sufrimiento?
Siddhartha tenía una obsesión y era trascender el sufrimiento humano. Decidió entonces llevar la disciplina al extremo: se unió a cinco ascetas (persona que, en busca de la perfección espiritual o moral, renuncia voluntariamente a los placeres materiales, las comodidades y la vida mundana) y practicó austeridades extremas durante seis años.
Apenas comía un grano de arroz al día. Ayunaba hasta quedar al borde de la muerte y sometía su cuerpo a pruebas extremas. Según los antiguos relatos, estaba tan delgado que podía sentir su columna vertebral a través del abdomen. Un dia contuvo la respiración hasta que sintió que se le iba a estallar el cráneo. Entonces comprendio que tampoco ese era el camino.
El exceso de placer no había traído paz.
El exceso de sufrimiento tampoco.
Fue entonces cuando descubrió una de las ideas más revolucionarias de su enseñanza: el Camino del Medio.
Aceptó un sencillo cuenco de arroz con leche ofrecido por una joven llamada Sujata. Sus compañeros ascetas, convencidos de que había abandonado la disciplina, lo dejaron solo.
Y precisamente en esa soledad ocurrió el momento que cambiaría la historia.
Siddhartha se sentó bajo una higuera —que más tarde sería conocida como el Árbol Bodhi, el árbol del despertar— e hizo un voto inquebrantable:
«No me levantaré de este lugar hasta alcanzar la iluminación, aunque mi cuerpo se marchite por completo.»
Según la tradición budista, en ese momento apareció Mara.
Más que un demonio, Mara representa todo aquello que impide despertar: el miedo, el deseo, el ego, la duda y el apego.
Y entonces Mara, el ego, lo atacó con ejércitos de demonios (miedo). Siddhartha no se movió. Mara disparó flechas de fuego. Las flechas se convirtieron en flores al acercarse. Mara envió a sus tres hijas deseo, inquietud y lujuria. Siddhartha permaneció inmóvil.
Y entonces Mara, al ver que ninguno de los pecados, ninguna de las tentaciones y ninguno de los apegos hacía que Siddhartha abandonara su camino de sentarse bajo el árbol y despertar, él mismo bajo, se personificó y le preguntó (sembrando la duda en su mente) ¿Quién eres tú para despertar? ¿Quién da testimonio de tu mérito?
Y en ese momento, Siddhartha no miró al cielo. No invocó a ningún dios.
Simplemente extendió su mano derecha, tocó la tierra y dijo:
«La tierra es mi testigo.»
Ese gesto, conocido como el Bhumisparsha Mudra, simboliza que la verdad no necesita aprobación externa. La autenticidad de una vida se sostiene por sí misma.
Al amanecer, contemplando la estrella de la mañana, Siddhartha despertó y se iluminó.
Comprendió cómo nace el sufrimiento y cómo puede terminar.
Vio la cadena completa del sufrimiento. Vio cómo la ignorancia genera apego, cómo el apego genera sufrimiento, cómo el sufrimiento se perpetúa ciclo tras ciclo y vio cómo romper esa cadena.
Desde ese momento dejó de ser simplemente Siddhartha Gautama.
Se convirtió en Buda, que significa «el despierto».
Y la higuera bajo la que se sentó, a través de la cual y de ese contexto donde trascendió al ego, se llamó el árbol Bodhi. Las primeras enseñanzas que Buda, ya no Siddhartha sino Buda, eran acerca de la rueda del Dharma.
Buda caminó hasta el parque de los ciervos, donde encontró a los cinco ascetas que lo habían abandonado.Al verlo decidieron ignorarlo, pero cuando Buda se acercó a ellos notaron algo radicalmente diferente en él. Una presencia, una paz, una luminosidad que jamás habían visto. Así que se sentaron a escucharlo y allí Buda pronunció su primer sermón después de haber despertado, que es la puesta en movimiento de la rueda del Dharma. (Podes buscar en internet sobre la rueda del dharma, las cuatro nobles verdades y el noble octuple sendero, 3 sellos de la existencia)
Lejos de retirarse del mundo, dedicó los siguientes cuarenta y cinco años a enseñar. Caminó por toda la India compartiendo un mensaje abierto a reyes, campesinos, mendigos y personas de cualquier condición social.
Nunca afirmó ser un dios.
Cuando le preguntaban quién era, respondía simplemente:
«Estoy despierto.»
Su enseñanza se apoyaba sobre cuatro verdades fundamentales.
La primera «Dukkha» (El sufrimiento) afirma que el sufrimiento forma parte de la existencia humana. La vida incluye dolor físico/emocional y una insatisfacción constante por la impermanencia de las cosas. Nacer, envejecer, enfermar, perder aquello que amamos o no conseguir lo que deseamos son experiencias inevitables.
La segunda «Samudaya» (El origen) explica que el sufrimiento nace del apego, el deseo insistente y la ignorancia. Existe un intento constante de aferrarnos a personas, situaciones o identidades que inevitablemente cambiarán.
La tercera «Nirodha» (El cese) sostiene que ese sufrimiento puede terminar cuando dejamos de aferrarnos, o sea eliminando la causa: el apego.
Cuando se eliminan los apegos, el sufrimiento se disuelve. Este estado de liberación es lo que la gente conoce con esta palabra tan bonita llamada el nirvana, que es el estado al que llegó Siddhartha cuando se iluminó y se convirtió en Buda. Esto no es un lugar ni es una experiencia estática. Es la ausencia de sufrimiento innecesario, es la paz que queda cuando dejas de luchar contra la realidad.
Y la cuarta «Magga» (El camino) enseña que existe un camino práctico para lograrlo: el Noble Sendero Óctuple, basado en la sabiduria (visión correcta, intención correcta), la conducta ética (habla correcta, el ser impecable con tus palabras, la acción correcta, desapegada del resultado y el modo de vida correcto en el cual honras y sostienes la vida) y la disciplina mental (esfuerzo correcto, la atención correcta y la concentración correcta).
Buda no proponía escapar del mundo.
Tampoco perseguir el placer sin límites.
Enseñaba a vivir con plena conciencia, aceptando la impermanencia de todas las cosas.
A los ochenta años, antes de morir, dejó una última enseñanza a sus discípulos:
«Todas las cosas compuestas son impermanentes. Esfuércense diligentemente en su propio despertar.»
Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja su historia.
Buda experimentó los dos extremos de la existencia. Primero conoció el placer absoluto; después llevó el sacrificio hasta el límite (que quiza ahi podía alcanzar la quietud mental más no la trascendencia del sufrimiento). Entonces descubrió que ninguno de los dos conduce a la verdadera paz.
La paz aparece cuando dejamos de luchar contra la realidad.
Cuando dejamos de buscar fuera aquello que solo puede encontrarse dentro.
Su vida nos recuerda que el sufrimiento no siempre desaparece porque cambien nuestras circunstancias. Desaparece cuando cambia nuestra manera de relacionarnos con ellas.
Ese fue el verdadero despertar de Buda.
Y quizá también sea el desafío de cada uno de nosotros.
