Siempre comienzo con la historia y luego con enseñanzas al final:
Esta es la historia de Krishna y Arjuna y ocurre en medio de la guerra más grande que el mundo antiguo conoció (es una de las enseñanzas espirituales más influyentes de la historia, y ocurre dentro del Bhagavad Gita, que forma parte del Mahabharata)
Pero la guerra es solamente el escenario, porque lo que realmente narra esta historia es la conversación más profunda que un ser humano puede tener, la que ocurre entre su alma y lo divino cuando todo lo que ama está en juego.
Para poder entender lo que ocurrió en el campo de batalla de Kurukshetra hay que empezar mucho antes del amanecer de aquella terrible mañana.
Hay que empezar con dos grupos de primos, una corona y el veneno silencioso que crece cuando el poder y la envidia comparten un hogar.
En el antiguo reino de Hastitapura, en la India más antigua de la que guarda memoria los textos sagrados, vivían los hijos del rey Pandu, cinco hermanos conocidos como los Pandavas.
El mayor era Yudhishthira, tan justo que se decía que nunca había pronunciado una mentira en toda su vida. Después venía Bhima, un gigante de fuerza descomunal capaz de arrancar árboles de raíz con sus propias manos. El tercero era Arjuna, el más hábil arquero que jamás había empuñado un arco, capaz de disparar flechas en la oscuridad guiándose solamente por el sonido.Y luego estaban los gemelos Nakula y Sahadeva, bellos como dioses y sabios como ancianos.
A estos cinco hermanos les pertenecía por derecho el trono del reino Hastinapura. Pero el rey Pandu había muerto cuando ellos aún eran jóvenes, y el reino había pasado a manos de su hermano ciego, el rey Dhritarashtra. Este rey tenía 100 hijos, conocidos como los Kauravas, y el mayor de todos era Duryodhana.
Duryodhana era un hombre que había nacido bajo el signo de la ambición y que había crecido mirando a sus primos Pandavas, los cinco hermanos, con un odio que él mismo no podía explicar. Los Pandavas eran mejores guerreros, más honrados, más queridos por el pueblo, y eso, para Duryodhana, era intolerable.
Por eso, desde la infancia, Duryodhana intentó hacerles daño de todas las formas posible para que no heredaran el reino.
Una vez los invitó a una casa construida de cera y la incendió mientras dormían, pero los Pandavas pudieron sobrevivir.
Otra vez los obligó a exiliarse en el bosque durante 13 años, después de ganarle a Yudhishtira a una partida de dados en la que habían hecho trampa.
Los hermanos Pandavas estuvieron esos 13 años de vida en la selva con frío, hambre, literalmente sobreviviendo.
Y al final de esos 13 años, cuando los Pandavas regresaron a reclamar lo que era suyo, aún así Duryodhana se negó a devolverles ni siquiera cinco aldeas, una para cada hermano.
Los Pandavas le dijeron “solamente danos cinco aldeas, tan solo eso pedimos, un lugar donde podamos vivir en paz”. Pero Duryodhana, que estaba lleno de envidia, respondió con una frase que quedaría grabada para siempre : «No os daré ni la punta de un alfiler de tierra».
Y entonces, como tantas veces en la historia del mundo, las palabras se agotaron y llegó el momento de las armas. Llegó el momento de la guerra debido a esto.
Ahora tenemos que entrar en la historia de Arjuna, concretamente nuestro protagonista: De todos los Pandavas, Arjuna era el más brillante en el campo de batalla. Desde pequeño había demostrado un talento extraordinario para el arco, y su maestro, el legendario Drona, que era considerado el mejor instructor de guerreros que había conocido el mundo antiguo, lo había entrenado con una dedicación especial, llegando a proclamar que Arjuna sería el mejor arquero del mundo.
Y así fue. Arjuna aprendió a disparar con ambas manos, aprendió a disparar en la oscuridad completa guiándose solamente por el sonido, y aprendió incluso a invocar armas divinas a través de los mantras, que eran dones concedidos por los dioses.
Se dice incluso que una vez, siendo joven, Arjuna fue capaz de derribar un pez giratorio mirando únicamente su reflejo en el agua, una prueba que nadie antes había podido superar. Como recompensa, obtuvo la mano de Draupadi, que era la mujer más hermosa del reino y se casaron.
Pero Arjuna no era solamente un guerrero. Era también un hombre de corazón profundo. Amaba a su familia con una intensidad que muy pocos comprendían.
Y esta misma profundidad sería la que lo llevaría al borde del colapso en el amanecer más importante de su vida. Porque cuando llegó el día de la gran batalla, entre los cinco hermanos y, el que ahora dominaba el reino, Duryodhana, ocurrió algo muy interesante: Y es que Arjuna se dio cuenta de algo que lo paralizó:
Al frente del ejército enemigo no estaban solamente soldados desconocidos. Estaban sus maestros, a quienes había reverenciado durante toda su vida. Estaban sus primos, con quienes habían jugado de niños. Estaba su abuelo, Bhisma, el hombre más honorable que él conocía, cuya barba blanca ahora estaba bajo el estandarte del bando contrario. Estaba Karna, el guerrero rival con quien había competido desde joven y a quien guardaba un respeto profundo.
Ahora, hay que entender por qué todos los seres queridos de Arjuna estaban del lado contrario, del bando de Duryodhana: no es que lo amaran y honraran (de hecho muchos lo despreciaban), pero vivían en el reino de Hastinapura y Duryodhana era el rey.
Recibían su sal y su sustento de ese trono y,en el mundo antiguo, el honor exigía que un guerrero combatiera siempre del lado de quien lo sostenía: era el código de su dharma y era el código de su propósito. Era como un deber sagrado.
Y el dharma, el propósito de ese día, había construido el escenario más cruel posible: Poner frente a frente, con armas en mano, a hombres que se amaban.
Ahora pasamos a entender un punto muy fundamental en la historia:
Y antes de poder llegar al momento de la parálisis de Arjuna, hay que presentar al personaje más importante de la historia: KRISHNA.
Krishna era el octavo hijo de Devaki y Vasudeva.
Nacido en una celda de prisión porque un rey, un tirano que había tomado el poder con sangre, había recibido la profecía de que el hijo de su hermana lo mataría algún día. Por eso a su hermana la había encarcelado, y por eso había matado a sus primeros siete hijos.
Pero el octavo nació en medio de la noche y ocurrió algo extraordinario: Las puertas de la prisión se abrieron solas y los guardias cayeron dormidos. Vasudeva, su padre, pudo cargar al recién nacido a través de un río crecido y dejarlo al cuidado de una familia de pastores.
Krishna creció en ese pueblo literalmente entre vacas, pastores y praderas. Y desde pequeño fue evidente que no era un niño ordinario. Con apenas unos pocos meses de vida, mató a un demonio que había intentado envenenarlo.
De niño levantó una montaña con un solo dedo para proteger a su pueblo de una tormenta que estaba enviada por un dios furioso porque los aldeanos habían preferido adorar más a montaña que a ese dios.
Krishna además era también el más amado de todos los jóvenes del pueblo.
La gente lo amaba.
Tocaba su flauta en las orillas del río Yamuna y las mujeres dejaban lo que estaban haciendo para ir a escucharlo, como si estuviesen hechizadas por algo que no podían explicar, pero que sentían en el centro del pecho.
Krishna estaba iluminado.
Se dice que cuando Krishna tocaba, el tiempo se detenía, las vacas dejaban de pastar y los pájaros dejaban de volar, suspendidos en el aire como si dilatase el tiempo por aquella música que era en realidad el sonido del universo.
Krishna no era solamente un pastor encantador, era la encarnación de lo que en la India antigua se llamaba Vishnu, que era el dios que creó el universo, por decirlo de alguna forma. Es el dios que baja al mundo cada vez que el peso del mal amenaza con romper el equilibrio de la creación.
Cuando llegó la hora de la guerra, Krishna se presentó no como guerrero, sino como amigo y cochero de Arjuna.
Ambos ejércitos habían ido a pedirle ayuda antes de la batalla a Krishna. Duryodhana, el “rey malvado”, llegó primero y encontró a Krishna dormido, y se sentó cerca de su cabeza orgulloso y esperando, y Arjuna llegó después y se sentó cerca de sus pies, humilde y en silencio.
Cuando Krishna abrió los ojos, (Duryodhana se sentó al lado de su cabeza para que Krishna fuese lo primero que viese) lo primero que vio fue a Arjuna, que estaba en sus pies, y les ofreció a ambos la misma elección: Les dijo, tenéis que elegi. O lleváis mi ejército de cien mil guerreros, o me lleváis a mí con vosotros solo, pero sin armas y poder para pelear.
Duryodhana eligió el ejército sin dudar “yo quiero un ejército de cien mil hombres para poder pelear” (Cien mil soldados le parecían más útiles que un solo hombre desarmado, aunque ese hombre fuese la reencarnación de un dios)
Pero Arjuna eligió a Krishna. Es más, Arjuna dijo, prefiero tenerte a ti, aunque estés desarmado, que a todos los ejércitos del mundo juntos.
Y Krishna sonrió, porque Arjuna había comprendido algo que Duryodhana nunca podría entender: Que la conciencia siempre vale mucho más que la fuerza, que la presencia del ser amado vale más que el número de espadas.
Y el día llegó. El día de la guerra.
Era el amanecer del decimoctavo año del conflicto entre las dos familias. En el campo de batalla, en Kurukshetra, una llanura vasta y polvorienta al norte de la India, se habían reunido 18 ejércitos.
Se dice que eran tan numerosos que el polvo que levantaban al caminar oscurecía el sol.
Arjuna estaba de pie en el carro de guerra, con su arco divino y tenía su aljaba llena de flechas. Krishna conducía a los caballos blancos, sereno, en paz, con una pequeña sonrisa porque todo estaba listo.
Entonces Arjuna le pidió a Krishna que llevara el carro al centro del campo de batalla entre los dos ejércitos, para poder ver a sus enemigos antes de que comenzara la batalla. Y lo que Arjuna vio cuando Krishna lo llevó al centro del campo de batalla, lo destruyó por dentro: Porque en el campo, en el bando rival, estaba Bhisma, su bisabuelo, el hombre que los había criado, que les había enseñado a los Pandavas las leyes del honor y del deber.
Tenía 80 años y su armadura brillaba bajo el sol de la mañana. Estaba ahí porque su propósito lo exigía, no porque amara a Duryodhana. Allí también estaba Drona, su maestro, el hombre a quien Arjuna había amado como a un segundo padre, el que le había enseñado a disparar con el arco y el que le había dado todo lo que sabía. También estaban sus primos, sus tíos y sus amigos de la infancia, personas con cuyos hijos había jugado y en cuyos hogares había comido.
En ese momento, Arjuna se quedó paralizado y soltó el arco:
Le temblaban las manos, se le cerró la garganta, sus piernas cedieron y se sentó en el carro, incapaz de moverse. Y entonces habló con una voz que era el sonido de un hombre que se había roto por dentro y dijo: Krishna, no puedo.
Veo a mis maestros, a mis abuelos, a mis primos. ¿Cómo puedo disparar flechas contra los mismos hombres que me enseñaron a sostener el arco? ¿Qué victoria podría tener sabor después de haber matado a los míos? Prefiero que me maten a mí. Prefiero vivir de mendigar.
Prefiero renunciar al reino, al honor, a todo, porque no puedo hacer esto.
En ese momento se tumbó hundido con los ojos llenos de lágrimas, en medio del campo de batalla más grande que el mundo había conocido.
Krishna lo miró, no con impaciencia, no con reproche, con la calma de alguien que sabe exactamente lo que estaba ocurriendo y por qué tiene que ocurrir.
Y Krishna empezó a hablar.
Lo que Krishna dijo esa mañana, en ese carro detenido en el centro del campo de batalla, mientras los ejércitos esperaban a ambos lados, es lo que hoy conocemos como el Bhagavad Gita.
(Son 18 capítulos de una conversación entre un hombre al borde del colapso y la conciencia divina que lo sostiene)
Primero Krishna habló con dulzura pero con firmeza. ¿Por qué lloras, Arjuna? Esta tristeza no te corresponde. Los sabios no lloran ni por los vivos ni por los muertos.
Y luego le dijo algo que iba a cambiar el corazón del guerrero para siempre: Arjuna, el alma no muere, nunca nació y nunca morirá. Las armas no pueden cortarla, el fuego no puede quemarla, el agua no puede mojarla, el viento no puede secarla.
El alma es eterna, invisible, inmutable. Lo que crees que vas a matar no puede ser matado. Solamente el cuerpo termina.
El ser que habita ese cuerpo es indestructible.
Arjuna lo escuchó pero todavía no lo comprendía.
Entonces Krishna fue aún más profundo.
Le habló del dharma, del propósito, del deber sagrado.
Arjuna era un guerrero. Su función en el mundo era proteger la justicia con las armas cuando la justicia no podía defenderse de otra manera.
Renunciar a esa función por miedo o por apego no era humildad, era abandono del propio ser. (Mejor es el propio deber, aunque imperfecto, el propio potencial, aunque imperfecto, que el deber ajeno o el potencial ajeno bien cumplido. Es mejor morir en el propio potencial, en tu propio potencial que en el de otro, porque el deber ajeno no te corresponde.)
Krishna le habló del desapego. Actúa, le dijo, pero no actúes buscando los frutos de la acción. Haz lo que debes hacer, no porque esperes recompensa o reconocimiento sino porque es lo correcto.
El que actúa sin apego al resultado no puede ser perturbado por el fracaso ni corrompido por el éxito. Esa es la libertad real.
Krishna le habló de la devoción (amor, entrega, veneración, fervor y entrega profunda hacia Dios)
Que el amor consciente es el camino más corto hacia la libertad del alma.
Y entonces Krishna hizo algo que ningún dios había hecho antes, al menos no de esa manera: Se mostró tal como era.
Le pidió a Arjuna que abriera los ojos de verdad. Y Arjuna, aterrorizado y maravillado al mismo tiempo, vio ante él, no a su amigo y cochero, sino a la forma cósmica del universo entero.
Miles de rostros, soles y lunas en sus ojos. El fuego de la creación literalmente ardiendo en su boca. Vio el pasado y el futuro contenidos en el eterno presente.
Vio los ejércitos de ambos bandos siendo absorbidos por aquella forma infinita como ríos que se desembocan en el océano. Y en ese momento Arjuna cayó de rodillas en el carro, temblando con las manos juntas.
“Eres el padre del mundo, de lo que se mueve y lo que no se mueve. Eres su maestro, el más venerable y adorable. No hay nadie igual a ti. ¿Cómo podría haber alguien superior en los mundos?“
Y entonces Krishna, con compasión infinita, recuperó su forma humana, la del amigo, la del cochero, y le dijo a Arjuna, esta forma que has visto no puede verse con los ojos ordinarios.
Solamente el amor, Arjuna. Solamente la devoción puede ver esta forma.
Cuando la conversación terminó, Arjuna se levantó. Levantó el arco. Su mano ya no estaba temblando, y no porque hubiera dejado de amar a los que estaban al frente, sino porque había comprendido algo mucho más profundo que el amor personal:
Que el alma es indestructible. Que el potencial, el propósito y el deber tiene su propia santidad. Y que la acción hecha desde la conciencia y sin apego es la forma más pura de ofrenda que un ser humano puede hacerle a Dios/a la vida/universo (y a vos mismo)
La guerra duró 18 días.
Fue devastadora. Al final, los Pandavas, los cinco hermanos entre los que se encontraba Arjuna, ganaron.
Pero la victoria no llegó con el sabor que Arjuna había soñado desde niño.
Llegó literalmente con el peso de los muertos. Con el silencio de campos que habían conocido el ruido del mundo. Con la soledad de sobrevivir a los que amabas.
Pero también llegó con algo que no se puede perder: comprensión.
La certeza de haber actuado desde la verdad del alma y no desde el miedo.
De haber seguido el potencial y el propósito, no por obligación, sino por amor a lo que es correcto. Y eso, dijo Krishna, es lo único que permanece.
Fija tu mente en mí. Sé devoto a mí. Así vendrás a mí. Y te lo prometo, porque eres amado por mí.
Y así termina, y entre comillas no termina, la historia del Dios que se hizo cochero para guiar a un guerrero a través de la oscuridad más profunda de su alma.
Porque al final el Bhagavad Gita no es solamente un texto del pasado.
Es una conversación que ocurre en el interior de cada ser humano cuando llega su propia mañana oscura.
Ese momento en el que todo lo que amas parece estar en conflicto con lo que debes hacer.
Y solamente la voz que viene de adentro puede mostrarte el camino.
Comprensiones:
Krishna, que era quien conducía el carro, pero también representa: conciencia, sabiduría, conexión divina, el Ser superior.
Y ahí empieza una conversación profunda sobre: miedo, propósito, ego, acción, apego, identidad, deber, alma.
Muchos interpretan que:
Arjuna = la mente humana confundida
Krishna = la conciencia superior
El campo de batalla = la vida interior
Aprendizajes:
“La conciencia y el amor no van a la guerra”. La realidad y la respuesta es que sí. El amor muchas veces ha ido a la guerra.
Aprendizajes y principios espirituales aplicables en tu día a día con respecto a esto.
Lo que Krishna le dijo a Arjuna en el campo de batalla es lo mismo que te está diciendo a vos ahora mismo.
Entendiendo que Krishna (Krishna, Buda, Jesús. Avatars calibrados en 1000 en el mapa a los niveles de conciencia. Entendamos que es la energía de la conciencia, la sabiduría) te esta haciendo la misma pregunta que la del campo de batalla de Kuruksetra y es exactamente la que vos enfrentas en tu propio campo de batalla en el momento en el que:
Tenes que subir los precios y perder clientes de años, en el momento en el que tenes que soltar una relación de pareja que ya no va a ningún lado, en el momento en el que tenes que lanzar o aventurarte a adquirir una nueva habilidad aunque no te sientas listo o lista, en el momento en el que tenes que decir la verdad que nadie quiere escuchar, en el momento en el que tenes que soltar los viejos patrones o lo conocido del pasado y toca saltar al vacío y arriesgarte, en el momento en el que tenes que invertir cuando experimentas conflictos a nivel económico.
Tu Kuruksetra, tu campo de batalla no es diferente al de Arjuna y la voz de Krishna tampoco.
- El primer principio que tenemos que integrar es que la parálisis no es debilidad, es el umbral, es el puente. Arjuna no se desmoronó porque fuera débil, se desmoronó porque era suficientemente consciente como para ver la magnitud real de lo que tenía adelante.
Los que nunca dudan no es que sean más valientes, es que no están viendo de verdad. O sea, la parálisis real, la que paraliza a personas de alto nivel, no la que produce la pereza o los bajos niveles de conciencia, siempre llega justo antes de una de las decisiones o de las acciones más importantes de tu vida.
No es una señal de que estás equivocado, es una señal de que estás en el umbral de algo que va a transformarte.
El momento en el que Arjuna suelta el arco es el momento más importante del Bhagavad Gita posiblemente.
No es cuando lo vuelve a levantar, es cuando lo suelta, porque en ese gesto de honestidad total, no puedo, no sé, me rindo. AHÍ es donde se abre el espacio donde Krishna puede hablar, donde el espíritu puede hablar en ese espacio de me entrego a ti, me rindo, reconozco que no sé. Es el espacio en el que ocurren los milagros.
En un emprendimiento, imagínate, llevas meses preparando un lanzamiento y justo cuando está todo listo aparece el bloqueo, o llevas meses preparando un evento, o llevas meses o tiempo preparando un curso, un lanzamiento, una presentación, lo que sea, y la mente empieza a generar razones por las que no es el momento, por las que el producto no está suficientemente pulido, por las que la audiencia aún no está lista.
Eso no es una intuición, es tu campo de batalla de Kuruksetra.
Y la respuesta no es esperar a que el miedo desaparezca, es entender que el miedo de esta magnitud solamente aparece cuando lo que estás a punto de hacer es importante de verdad.
En las relaciones, por ejemplo, sabes que la conversación tiene que ocurrir. Llevas semanas, quizás meses, evitándola. Ya lo has dicho un montón de veces, pero ves que nada ha cambiado. Y cuanto más la evitas, más crece. La parálisis no es señal de que no estés listo. Es señal de que lo que hay al otro lado de esa conversación va a cambiar algo de manera permanente.
Eso va a requerir soltar algo. Y eso da miedo.
Y el miedo aca es exactamente la señal correcta.
- El segundo principio es que la pregunta correcta no es qué hacer. Es el desde dónde actuar. Cuando Arjuna se derrumba, le hace a Krishna la misma pregunta que todos hacemos en las crisis.
¿Qué hago? Y Krishna no la responde. Al menos no de inmediato. Porque esa no es la pregunta correcta.
Antes de qué, viene el desde dónde. La misma acción.
Quedarte o irte. Lanzar o no lanzar X. Hablar o callar. Cobrar más o mantener el precio.
Y dependiendo de desde dónde nazca, produce resultados completamente distintos en tu vida, en tu energía y en lo que construyes. No es lo que haces. Es quién sos y qué elegís sostener cuando lo haces
Ejemplos: En ventas hay dos formas de poder cerrar una venta. Desde la necesidad o desde la conciencia.
El cliente no compra el producto, compra el estado desde el que se lo estás ofreciendo.
Dos personas pueden decir exactamente las mismas palabras en una llamada de ventas y producir resultados completamente opuestos. En la marca personal, por ejemplo, podes todos los días publicar desde el miedo a perder relevancia o desde el llamado genuino a servir. El contenido puede ser idéntico en formato, pero tiene texturas distintas que la audiencia percibe a nivel inconsciente.
Una comunidad siente cuando el creador está publicando porque necesita validación y también lo siente cuando está publicando porque tiene algo real para servir, para aportar y para dar cuando está vinculado a un bien mayor.
- El tercer principio es el alma no puede ser dañada y eso lo cambia todo.
Este es el primer argumento que Krishna le entrega a Arjuna y es el más radical.
Lo que realmente sos no puede ser cortado por las armas, quemado por el fuego, mojado por el agua ni secado por el viento. Es eterno.
¿Qué significa esto fuera del campo de batalla?
Significa que el fracaso no puede tocar lo que realmente sos.
Significa que el mal “review” o la crítica o el juicio que te dan no puede tocar lo que realmente sos.
Significa que perder un cliente, o no lograr algo que tenías como expectativa, o cerrar el negocio, o que la relación termine, nada de eso puede dañar en esencia el núcleo de lo que vos sos.
Lo que la mayoría de personas llama miedo al fracaso no es miedo al fracaso: Es miedo a que el fracaso defina quién sos.
Es la creencia de que si esto cae, tú caerás con ello y esa creencia es exactamente lo que Krishna desmonta.
En la marca personal, por ejemplo, el creador que entiende esto publica de manera distinta, no porque no le importe el resultado, sino porque sabe que su identidad no depende del resultado. Puede lanzar, fallar, ajustar y relanzar sin el drama de quien siente que cada falla/fracaso es una sentencia sobre su valor.
O en ventas, por ejemplo, el vendedor que entiende que su valor no depende del sí del cliente es el vendedor más poderoso que existe, porque no necesita el sí para sentirse completo y coherente.
En una relación amorosa (o puede también ser de amistad), por ejemplo la persona se muestra auténtica, sin miedo a ser juzgado o rechazado, porque sabe que incluso si la otra persona no valida su amor, eso no cambia quién es. Esto entonces, le permite comunicarse con honestidad, poner límites desde el amor y no desde el miedo, y vivir la relación como un espacio de expansión, no de dependencia.
O cuando la persona sabe que lo que realmente es no puede ser dañado por lo que el otro diga o deje de decir, y ahí dejas de necesitar que el otro te valide para sentirte entero y ese es el único suelo firme desde el que se puede construir algo real.
Y cuando no necesitas el sí para estar bien, reconoces tu sí interno y ahí ocurre la magia.
- El cuarto principio es tu potencial tiene la textura de lo que ya eres, no de lo que quieres llegar a ser.
Krishna no le dice a Arjuna que se convierta en monje, no le dice que se vuelva sabio, no le dice que trascienda su naturaleza, le dice que sea completamente lo que ya es.
Sos un guerrero amigo, pelea, no porque te guste matar, sino porque la justicia en este momento necesita exactamente lo que vos sos.
Ejemplo Pregunta: ¿Cuál es el vehículo que elegiste como forma de autoconocimiento? ¿El emprendimiento? Amigo, sos emprendedor, avanza, crea, serví, aplica el marketing, hace lo que tengas que hacer.
Hay una frase del Bhagavad Gita que pocos animan a decir en voz alta porque parece ir en contra de toda la cultura del crecimiento personal que dice es mejor cumplir tu propio potencial de manera imperfecta que cumplir el potencial ajeno a la perfección.
-En un mundo que te dice constantemente que seas más, que te transformes, que te conviertas en otra cosa.-
Esa frase es revolucionaria porque el problema no es que no seas suficiente. El problema suele ser que estás intentando ser alguien que no sos y eso agota una energía que la autenticidad nunca gasta, por decirlo de alguna manera.
Entonces, por ejemplo, la marca personal, el creador que intenta ser la versión espiritual y pausada de otro que admira cuando su naturaleza real es, por ejemplo, ser más directo, más provocador, más confrontador, va a acabar produciendo contenido que no está alineado con su autenticidad.
Otro ejemplo, en el emprendimiento, el empresario que construye un negocio intentando ser lo que el mercado quiere en lugar de lo que él genuinamente es, puede tener éxito a corto plazo, sí, pero hay un agotamiento particular que viene de actuar un personaje durante años. Los negocios más sostenibles no son los más estratégicos, son los más auténticos, son los que están conectados con un bien y propósito mayor.
Entonces no tenes que fluir desde una autenticidad prestada o desde una identidad prestada. Tenes que conectar con vos y por supuesto podes modelar/imitar a otros para que aparezca la naturalidad.
La naturalidad se practica pero la autenticidad se revela cuando te trabajaste en tu mundo interno.
Quinto principio: ACTUA, solta el fruto/resultado. Una de las frases más conocidas del Gita: “Tenés derecho a la acción, pero no a los frutos de la acción.”
Tus dos no negociables: Participación plena: actuo, hago lo que me corresponde en base a quien elegí ser y en base a mi nivel de consciencia elevado, pero suelto por completo el resultado.
Krishna no le dice: “No tengas miedo.”
Le dice algo mucho más profundo: “Actuá igualmente, pero sin apegarte al resultado.”
Una de las grandes enseñanzas espirituales universales es esta: Participa plenamente, actúa con devoción, entregándole todo a Dios/vida, y soltando por completo el resultado.
Esto no significa que no te importe el resultado, significa que tu paz no depende de él.
El resultado te importa porque lo preferís, es un norte al que avanzas.
Ahora, depender (necesitar) del resultado para estar bien, eso si te convierte en esclavo.
El que actúa apegado/esperando un resultado especifico se vuelve rígido, ansioso, acaba sufriendo, y hasta puede empezar a ser, sin querer, manipulador (porque hasta podes empezar a cambiar tu identidad en función de lo que crees que te dará el resultado que necesitas).
Pero el que actúa soltando el resultado se vuelve imparable, porque ningún resultado puede detenerlo: Actua, da, sirve, se compromete, es coherente, es excelente.. y ahí es donde ocurre el alto rendimiento (sin drama, sin colapso.. continuidad infinita)
- Sexto principio: la devoción no es un sentimiento. La devoción es una forma de ser y estar en el mundo.
No sos solo tus emociones: Arjuna está paralizado por lo que siente.
Krishna le muestra: sentir miedo no significa que debas abandonar tu camino.
Krishna le dice a Arjuna algo que suena simple pero que cambia todo: “FIJA tu mente en mi. No en el resultado, no en la victoria, en la derrota, en los enemigos”. Significa fija tu mente en Dios, en la unidad.
Fija tu mente en la conciencia. Coloca tu atención en la unidad.
Ahí no te preguntas si te conviene o no te conviene X, sino que te preguntas “qué me esta mostrando esto desde lo que realmente soy”.
Ejemplo: antes de responder ese mensaje que te saco de tu eje, toma una respiración. Antes de bajar un precio, hace una pausa, respira. Antes hacer algo por validación externa, coloca honestidad, respira, conecta con vos. Aprende a observarte desde la consciencia de la unidad.
“Yo no soy esa reacción, soy la consciencia que mira eso que esta pasando y elije desde la coherencia, desde la verdad”
La paz no es escapar, es poder actuar incluso en medio del caos interno
- Septimo principio: la victoria real, no tiene exactamente el sabor que imaginabas (y eso es exactamente lo que la hace real).
Krishna dice: Tu deber no es evitar el conflicto. Tu deber es actuar desde conciencia.
Al final de la historia, Arjunas se levanta, levanta el arco, pelea y finalmente los Pandavas ganan, pero la victoria no llega con euforia; llega con silencio, llega con el peso de los muertos, con la responsabilidad de haber soltado los apegos, lo familiar, y ESO es ESPACIO, es coherencia, es amor en realidad. Es la certeza de haberte movido desde tu verdad interna; no desde la aprobación que necesitabas, o desde el resultado que esperabas, sino que desde la verdad de lo que sos.
¿Entonces, la pregunta es.. qué hago con mi conflicto?
Hay una sola pregunta que tenes que hacerte: ¿estoy a punto de actuar desde el miedo a perder algo, o desde el amor, la claridad y la certeza de quién soy?
El cochero que te guía (Krishna en el carro), ya está ahí con vos.
La pregunta es si le vas a entregar las riendas o no.
Recordá que el sufrimiento viene del apego: No solo del dolor… sino del apego:
al resultado, a la imagen, al control, al miedo a perder..
